Ahora que los libros están pasados de moda, ya Bill Gates anunció su extinción (probablemente desparezca él antes, pero bueno…) y también en cierto modo las fotografías, me gustaría reflexionar. Es mucho más cómodo ver una película que leer un libro. El cinéfilo debe hacer muy poco, sólo ver. El lector ha de leer un párrafo y dar rienda suelta a su imaginación. Ha de imaginarse los lugares, paisajes y personajes descritos. También los sentimientos. Crea una visión. Y la belleza de la lectura radica en que cada lector, debido a su condicionamiento personal, se imagina lugares siempre distintos. No existe la descripción perfecta. Si pudiéramos tomar esa visión y compararla con la de otros lectores, jamás serían idénticas. Sin embargo, en un vídeo, la visión es siempre la misma. No queda sitio para ella, sólo para la emoción.
En la fotografía ocurre algo parecido. La serenidad de un paisaje ya plasmado brinda un mundo de oportunidades. Recordar un sitio, un día, una compañía o una conversación. Momentos en los que hablas de una cosa y piensas en otra. Sólo dos fotos. Estos rincones pueden parecer indiferentes. Podría ser en cualquier parte. Incluso pueden resultar fríos o inquietantes. Pero también al contrario, pueden evocar recuerdos entrañables. Momentos que deseo repetir. Sólo el querer estar en un sitio con alguien, puede conformar los más grandes anhelos. Porque sabes que ese sitio es especial. Que has vivido momentos especiales. Y que los recuerdos entrañables acerca de ese sitio no hacen sino mejorar gracias a personas especiales que te hacen especial. La más mínima nimiedad, sólo una palabra, puede crear un templo. Y ya lo ha hecho. Templo que, como el de Salomón, quedará soterrado bajo la tiranía del recuerdo y cuyas esacasas ruínas se perderán para siempre con la ayuda del tiempo.

Gallego, hai que publicar algo novo, gústanme os momentos inmaculados, pero xa toca escribir algo novo, e non valen excusas de exames….
cuidate, e falamos!